Dedico este blog a la gran escritora Mária Szepes a quien admiro profundamente por ser una mente brillante adelantada a su época y una mujer audaz y valiente que iba contracorriente, ya que en su momento, su libro fue considerado "no-conformista" por el régimen comunista que reinaba en la época en que fue escrito (1946) y fue ordenado destruir todas sus copias, aunque, de manera clandestina se salvaron cuatro de ellas, y de la misma manera, luego se tipió y distribuyó la obra. Hoy en día es una de las novelas literarias más significativas de su género por saber poner en movimiento ascendente a la consciencia humana.
"El Kilkhor" es el nombre de uno de los interesantes capítulos de la novela alquímica de la gran escritora húngara Mária Szepes llamado: "El León Rojo", y que trata acerca de que, para subir un escalón más en la escalera hacia nuestra Iluminación, hemos de ir hacia la transmutación de las limitaciones de nuestra humanidad, haciendo frente con responsabilidad a cada una de nuestras creaciones mentales ancladas en nuestro pasado que, en forma de personas, lugares, cosas, tiempos y eventos son reflejadas en nuestra realidad. Creaciones mentales que tienen que ver con la gran ilusión llamada ego falso o -o ego alterado-, y que si buscamos conscientemente ir hacia la iluminación, hemos de erradicar con gran maestría, humildad y enfoque.
Este blog es un espacio creado para aquellos que están en el camino hacia la Iluminación y que asumen con responsabilidad las ilusiones que en el camino de su existencia, ha creado su propio ser y están dispuestos a afrontarlas responsable y conscientemente. Estará dedicado ha compartir escritos, experiencias y cualquier tipo de "mensajero" que nos muestre cómo funciona este mecanismo que tan claramente nos enseña Szepes através del personaje del Kilkhor y al cual, todos estamos expuestos, sobre todo cuando se está en el camino del autoconocimiento.

Saturday, February 14, 2009

El Kilkhor
(última parte)
- ¿Cómo puede matar alguien que no existe? – oí decir con toda claridad a la voz del que meditaba, mi fiel reflejo en la habitación reflejada-. ¿Porqué afirmas y crees que existe? ¿Porqué te aferras a una teoría falsa? ¿Has olvidado que es tu fe la que te hace invencible? Tu fe es su elixir… niégasela y volverá a ser materia muerta. ¡Niégalo! Me sentí inundado de fuerza, de alivio y luz, y de un infinito agradecimiento. Pude volver a respirar con libertad. Clavé mi mirada en el Kilkhor, entre cuyos dedos despiadados y fuertes pendía mi cuerpo entregado.- ¿Qué clase de fantasía ridícula es ésta que me agobia? ¿Qué clase de fantasma me persigue, de qué clase de sombra es de la que huyo? – le eché en cara, siempre sólo con mi pensamiento-. Tu vida no es más que humo, niebla y nubes que mi imaginación ha convertido en una estructura racional. Pero ahora ya está bien de juegos de sombras que yo mismo me he hecho creer! ¡Desapareced, engaños elementales! Recupero la fuerza y el calor y rompo el material de unión con el que habéis podido atarme. Detengo todo movimiento fuera del mío. Retiro, tirando de ellos, los hilos de conexión. Ya no posees ninguna clase de autonomía. Ya no puedes seguir respirando, porque es mi aliento el que late en ti. No tienes sangre, porque es mi sangre la que te mantiene con vida. Tu voluntad no alcanza siquiera para levantar tu mano, porque es sólo mi voluntad la que actúa en ti. Pero todo esto te lo quito ahora. Te había tomado prestado y ahora te devuelvo. ¡Regresa a tu pedestal y quédate rígido en aquella posición en la que te colocó tu creador!El kilkhor, cuyas manos durante esta orden mental habían caído inertes, se arrastró con pasos lentos hacia su pedestal. cuando hubo adoptado su postura, volvió su rostro hacia mí. En sus ojos muy abiertos había ira, había un terrible miedo y un convulsivo fuego que se extendió por su boca muy abierta y sus músculos tensos, mientras adoptaba de nuevo su posición original. Antes de que su mirada se apagara y su rostro se quedara rígido en una máscara inmóvil, escapó un grito horrendo de entre sus labios. Era un sonido que, cada vez más inarticulado y más exigente, estaba lleno de dolor y resistencia, un sonido que se hizo poco a poco más insoportable, hasta que se convirtió en un alarido que me devolvió de forma definitiva el estado de vigilia. Tuve que constatar profundamente horrorizado que ese grito animal y espeluznante salía de mi propia boca, y terminó de inmediato cuando fui consciente de ello. Me ardía la garganta, seca e inflamada por el esfuerzo.El Kilkhor estaba sentado inmóvil en su lugar, en la posición de meditación, y sus colores pintados sólo eran difícilmente visibles.Me levanté y me acerqué a él. Mis dedos tocaron una materia fría y dura. En algunos puntos de su rostro la pintura se había descascarillado, y bajo la capa resquebrajada se veía arcilla amarilla, que poco a poco se deshizo en polvo.Entonces volví a ver y oír al Maestro. Se me apareció para transmitirme todos los conocimientos de las cosas y de los procesos.Había llegado al punto por el que me había estado esforzando desde hacía medio siglo, por el que había estado dispuesto a asesinar, a sufrir, a luchar contra los demonios, a consumirme y convertirme en cenizas y a levantarme de nuevo: ahora ya era un Maestro.Los Maestros me habían aceptado en su Hermandad. Pero ese ser que ellos consagraron ya no tenía que ver con Hans Burgner, con aquel ansioso y pertinaz iluso que perseguía el sueño de la vida eterna y en cuya alma empezó el proceso místico.Hans Burgner había sido el plomo que s e había arrojado al crisol, en cuyo interior se había fundido bajo la acción del fuego gracias a las brasas de siglos y donde la fórmula de la experiencia y la consecuencia había transmutado a ese Burgner en la figura de Cornelius von Grotte, el Maestro. Éste ya no tenía ningún deseo en lo que se refería al mundo, y después de haber alcanzado el poder no deseaba utilizarlo…Pero todavía tenía que deshacerse de una culpa que, llegado a esta bifurcación del camino, le salía al encuentro.El Maestro está ante el último escalafón. Pero este penúltimo nivel presenta trabajosas tareas que requieren una gran perseverancia y paciencia, tareas en las que nunca se puede preguntar cuándo se ha llegado al final. Debe llevar hasta el fin determinadas cosas mediante servicios impersonales. El camino hasta el último nivel puede durar décadas, a veces incluso más de un siglo. La diferencia entre el Maestro y e Mago es más o menos la misma que existe entre un talento inteligente, instruido y aplicado, y el genio.
El Kilkhor
(6ta. parte)
Sabía con exactitud cuánto podía perder en aquello, y la vergüenza y una profunda tristeza se apoderaban de mí cuando pensaba en las luchas que había sostenido hasta el momento y que sostendría en el futuro. Mi padre, mi madre, Saint Germain… todos quedarían decepcionados. Había suspendido el gran examen y mi destino se convertía en el tenebroso y amargo destino del novicio caído. El Kilkhor me había superado, sus emociones asesinas, su pecaminoso deseo de seguir otro camino se había cumplido. Me mataría para poder seguir viviendo y de esta manera habría perdido, junto con mi cuerpo, el fructífero entorno del castillo de Grotte, mis padres, y el recuerdo de aquel camino que había recorrido hasta el momento. Podría empezar de nuevo desde el principio, ciego, a tientas, con una ardiente inquietud en el alma. Y cada acción del Kilkhor se convertiría en responsabilidad mía. Yo había conjurado al monstruo y lo había dejado suelto por el mundo. Le había dado cuerpo, personalidad y nombre a un complejo de fuerzas ciegas que en esta Tierra, en la que es posible cualquier experiencia, sólo buscaba burdas vivencias, porque su inteligencia se había quedado en mí. Lo único que tenía era un cuerpo, lleno tan sólo de sangre y vida, una reunión elemental condensada en materia, una comunidad demoníaca llena de una ambiciosa voluntad central, dirigida a las posibilidades del nivel de los sentimientos y las emociones.Pero si lo vencía y destruía, sería todavía más terrible, porque entonces sería destruido por él. Me obligaría a hacer todo aquello que en cada instante le apeteciera, es decir, utilizaría mi cuerpo como instrumento y me empujaría a mí mismo al suicidio o a la locura, sin que por ello nuestra relación se debilitara en lo más mínimo. Desde mi alianza con el Homunculus nunca había vuelto a caer en una trampa tan terrible.Una vez que comprendí que no estaba a la altura, se apagó en mí la maligna irritabilidad. Decidí que no levantaría la mano contra él, sucediera lo que sucediera. No, eso nunca. Antes prefería ser yo la víctima.No quería prolongar la tensión de la espera infinitamente en el tiempo.Pensé que sería mejor enfrentarse a lo que tenía que suceder.No me despedí de mis padres, porque creí que no tenía derecho a ello.Me encerré con el Kilkhor en la sala de meditación.Luego tomé asiento en la esterilla. No sentía ningún miedo, sólo un gran cansancio. Él se hallaba sentado frente a mí, sobre el pedestal. Sentí que su mirada me quemaba en su rostro, pero no lo miré. Escuché en mi interior. Desde fuera no podía esperar ninguna ayuda más.En la penumbra de la habitación interior se expandió una superficie de aguas tranquilas, sin brillo, gris. Su masa estaba cerrada e inspiraba rechazo. Penetrar de forma consciente requería fuerza, pero yo ni podía ni quería desarrollar ninguna fuerza. Ni siquiera luchaba contra el sueño que me asaltaba cada vez más. El paisaje interior empezó poco a poco a oscurecerse, los perfiles se borraron con mi creciente aturdimiento y mi conciencia se deslizó sin darse cuenta como un pesado e indefenso cadáver en las aguas silenciosas.Durante este denso y plomizo adormecimiento, tuve un extraño sueño. Vi la sala de meditación desdoblada, como un espejo. La habitación propiamente dicha estaba sumida en las sombras, pero su imagen especular brillaba con una luz penetrante. Yo me hallaba sentado en la habitación en penumbras, sobre la esterilla, con la cabeza colgando sobre el pecho. A la luz de la imagen del espejo, sin embargo, me vi allí del todo erguido y mi rostro irradiaba el éxtasis de la meditación. En el pedestal de la habitación en sombras estaba entronizado el Kilkhor, pletórico de salud. Tenía los ojos muy abiertos y su ardiente mirada de tigre observaba mi figura derrotada. Sin embargo, en el pedestal de la imagen especular no había nadie. El lugar que ocupaba el Kilkhor estaba vacío, una circunstancia que me dejó boquiabierto.El Kilkhor de la habitación en sombras se levantó y se acercó al cuerpo que se adormecía en la esterilla. Adelantó el labio inferior y sus dedos se curvaron como garras. Me sentí paralizado y quise gritar para despertar a la víctima, pero de pronto el que meditaba en el espejo, se puso en movimiento, me miró y puso un dedo sobre sus labios.-¡Pero va a matarlo… lo asesinará mientras duerme! – quise gritar, pero ni el menor sonido pudo romper aquella impotente parálisis.El que meditaba sacudió despacio la cabeza y señaló el pedestal vacío.-Ahí no está… ¡pero está aquí! – grité desesperado.Mi respiración se detuvo. Los dedos del Kilkhor rodearon el cuello del que dormía sobre la esterilla en la habitación de sombras.
El Kilkhor
(5ta. parte)
El eco de los pasos inseguros que se acercaban penetró en mis oídos. Me volví hacia la puerta, que se abrió poco a poco, y por ella entró a tientas el Kilkhor, con el rostro gris y los ojos entornados, como un sonámbulo. En su frente había sangre seca, mi sangre. Tomó de nuevo su lugar. Respiraba con dificultad. De vez en cuando sus miembros se estremecían.- Dame… dame algo caliente… tengo frío… - murmuró. Pero a la visa de su lamentable estado me sentí presa de una alegría sin sentido, y una esperanza demasiado prematura empezó a germinar en mí. Olvidé que se alimentaba de mis fuerzas, de mis sentimientos y pensamientos, y que el calor de una alegría como la mía era un dulce bebedizo para él, y la esperanza, una medicina curativa.El gris plomizo de su rostro dejó paso a un sano enrojecimiento; sus pesados párpados se levantaron de pronto, su respiración se hizo más ligera y libre, y suspiró aliviado.-Sí… sí… así está bien…La lucha entre nosotros dos no había hecho más que empezar.Siguieron semanas terribles y difíciles. En vano intentaba cerrar mis fuentes de fuerzas. No conseguía llevar a cabo la operación. Todo cuanto conseguía destruir en él con un esfuerzo de días, con una gran inversión de fuerzas, él lo reconstruía en pocas horas con la ayuda de aquellas fuerzas que fluían de mí hacia él. En cuanto pretendía envalentonarme con su incipiente decaimiento, este estado mío era el que le permitía recuperar de nuevo las fuerzas. Y cuando a la vista de su vivacidad yo caía en el desánimo, él se hacía todavía más fuerte. Era un trabajo de Sísifo. Pasaron meses hasta que dejé de preocuparme de su estado. Luego llegó un tiempo en el que estuvimos bastante equiparados. Él no decayó, pero tampoco adquirió fuerzas. Vivía y se movía a mi lado como la imagen mecánica de un espejo, pero su fuerza vital no e reducía con mis órdenes concentradas.Su tenacidad me empujaba a la desesperación, de manera que tenía que luchar en dos frentes: contra mi propio pesimismo y contra mi tenaz y hostil criatura. Pero ahora ya sabía que estaría perdido en cuanto me sometiera en alguno de los dos sentidos.Mi salud también empezó a resistirse. La constante tensión en la que vivía afectó mis nervios. ¡Sufrí de inapetencia e insomnio y adelgacé! El mundo exterior había dejado de existir para mí. El Kilkhor iba ocupando el centro de mi conciencia como una idea fija, cada vez más viva, odiada y exigente. No había nada más real para mí, sólo él. El paisaje, el castillo, las silenciosas figuras de mi padre y de mi madre se habían desplazado a una sorda y nebulosa lejanía. Los dos sabían contra qué olas oscuras estaba luchando, pero no podían hacer nada por mí.Yo lo había intentado todo para crear una barricada contra la puerta que se abría entre mí y el Kilkhor, para no desangrarme en aquella constante y violenta transfusión de sangre. Pero no había servido de nada y el equilibrio restablecido gracias a una lucha infinita, el equilibrio de la indiferencia, amenazaba con desmoronarse. La irritabilidad y una ira sorda y peligrosa se alzaban tormentosas en mi interior contra las barricadas. Sentía que no podría dominar esta ira durante mucho tiempo más, que un día el odio mortal me inundaría y que lo mataría, clavándole un cuchillo en su cuerpo caliente, que respiraba pletórico de fuerza vital, y derramaría su sangre, incluso a pesar del peligro de que esto significara mi propia muerte. En mi cuerpo consumido se abría paso una y otra vez, por encima de la red temblorosa y vibrante de mi sistema nervioso, el ansioso deseo, disparatado y apremiante, de acabar con él, de apretar su garganta o de matarlo con mis propias manos. En mi interior no había otra cosa que el pánico y el peligro de la derrota total, y mi lamentable estado lo hacía más fuerte, más seguro de sí mismo, más exigente y prepotente. Vi que debía renunciar a la lucha. No podía encontrar la clave para separarme de él. Fuera lo que fuera lo que yo levantara entre ambos, permanecía la misteriosa conexión entre nosotros, a través de la cual circulaba sin impedimento la corriente de la fuerza vital.
El Kilkhor
(4ta. parte)
¡Mátalo Cornelius! –Esta frase saltó a mis ojos, sin preámbulo alguno-. ¡Despertar a la vida a un demonio, sin ser capaz de destruirlo de nuevo, es un peligro mucho más profundo y mucho más complicado que la muerte! El Kilkhor que tu has llenado de vida y al que le has dado un nombre, es un camafeo que contiene los signos de las fuerzas tenebrosas. Él ha conjurado a la momia de un tenebroso culto, de un tiempo que está más allá de todo recuerdo y que tú, en algún momento, has alimentado. Él es el auténtico guardián del umbral de la puerta que conduce a tu santuario: la atadura más antigua que debes romper.Por eso hay que matarlo siempre, de lo contrario se convierte en un tirano. El sentido profundo de este proceso de construcción y de destrucción es la verdad divina. El mundo es tu creación. ¡Tú le das sentido, tú tienes que aprender a destruirlo y liberarlo para liberarte de su dominio! ¡Debes destruirlo, debes matarlo aunque hayas despertado a la vida a un santo, a un mesías, a un dios! Y esto porque tu lo has forzado a materializarse y has tejido un cuerpo de muerte y obcecación a su alrededor.El mundo entero, con todas las tinieblas, con toda su demoníaca confusión de formas, no es más que un Kilkhor construido de forma inconsciente. Los seres perdieron su clave y se convirtieron en súbditos. El Kilkhor se hizo más fuerte que ellos, y esta es la razón por la cual los atormenta. Su lascivia y su codicia engendran imágenes despreciables y estas imágenes, fuera del control de su imaginación, se consuman en el elixir de la vida. El demonio empieza a vivir, se hace autónomo y obliga a su creador a una existencia de esclavo. Al Kilkhor hay que servirlo hasta el último aliento, hasta la definitiva descomposición del cuerpo, porque este Moloch de la pasión es insaciable. La debilidad y la ignorancia crea al Kilkhor del miedo, de las enfermedades y de la muerte, que absorbe la materia prima de las fuerzas creadoras más valiosas y desprotegidas y las utiliza como arma contra los seres humanos que han caído en su trampa.Cuando alcanzas la clave para la creación y la destrucción del Kilkhor, has encontrado al mismo tiempo la clave para tu propia liberación y la victoria sobre el mundo.Ahora te dejo de nuevo solo. Estarás solo. Solo has recorrido el otro camino y completamente solo has creado. Ahora tienes que regresar también solo. Esa crisis y esa última decisión y solución debe encontrarla el discípulo por sí mismo y por su cuenta.Permanece alerta. Sé fuerte y valiente. Resiste. Piensa que para ti no hay regreso. Estás en el centro de todos los misterios y debes alcanzar la otra orilla. Depende de ti recorrer ese trecho del camino en siglos, en años o en meses. ¡Pero bajo ningún concepto derrames la sangre del Kilkhor! El demonio es más terrible que nunca cuando se hace invisible. Por lo tanto, apagarás su vida con una daga que atraviese sus tres cuerpos. Debes quemarlo con un fuego que lo destruya en los tres mundos.Tan pronto como lo hayas destruido, afluirán a ti fuerzas mucho más poderosas que todas aquellas de las que has dispuesto en tu camino por la Tierra, y estas fuerzas serán tus sumisos servidores.Si demuestras ser demasiado débil para esta tarea, durante largo tiempo no volveremos a vernos, ya que no podrás conjurarme con otra cosa que no sea la solución del problema. Luego vendré para consagrar al Maestro.
El Kilkhor
(3a. parte)
Levantó la mano derecha y yo sentí su contacto frío, como de reptil, sobre mi pecho, allí donde mi camisa de dormir se había abierto y dejaba al descubierto la piel desnuda. Sus dedos contraídos avanzaron hacia arriba y se colocaron despacio alrededor de mi cuello. No me moví. No luché contra él, sumido en el pánico desesperado del instinto de supervivencia, ni grité pidiendo ayuda. Lo miré a los ojos. El miedo estaba muy cerca del umbral, pero yo lo expulsé con una fuerza tremenda y no permití que me arrojara a la perdición. Los dedos fríos me agarraban cada vez más fuerte, y bajo la presión de este lazo vivo sentí las pulsaciones de mis venas, tensas y apunto de estallar, y los pesados latidos de mi corazón. Sin embargo, lo miré de hito en hito.- ¡Déjame libre! – me decía ahora, pegado a mi rostro.Yo no contesté. Su presión cedió un poco, y esta vez aprecié en su voz algo parecido a un secreto ruego.- Déjame libre… déjame salir al jardín… salir bajo la luz de la luna, allí donde los animales se aparean y suspiran torturados por el placer satisfecho, donde los brotes se abren paso a través de la ruda corteza de las ramas… Déjame salir por la puerta y marcharme siguiendo el camino… cruzando pueblos… hasta llegar a la ciudad… entre las casas, entre los seres humanos, hacia los cuerpos cálidos, los olores y los colores… ¡Rompe el cordón umbilical!... Déjame paladear, experimentar, perderme por mi cuenta… Desapareceré para no volver a verte jamás, nunca más volverás a tener noticias mías… Déjame libre, y también tú vivirás…Yo no le respondí. La presión de sus dedos cedió. Sus manos me soltaron y se reincorporó. Su voz se hizo de nuevo suave, un murmullo lleno de una profunda tristeza.- ¡Engendrador ilegítimo! ¡Maligno creador… maldito seas!- Se apartó de mi cama, pero sus desconcertantes acusaciones y sus lamentables quejas seguían resonando en mis oídos-. ¿Dónde están mis amigos? Ay, ¿dónde está mi vida?¿Dónde está el calor que me había caldeado? ¿Dónde está la luz que espante mi miedo…? ¿Quién me dedica una oración? ¿Quién me da fuerza? ¿Quién me protege del tirano? ¿Quién derribará los muros de mi prisión? ¡Pobre de mí, que estoy condenado mientras él viva!Esta voz gimoteante y apagada, junto con el tembloroso dolor y la añoranza que latía en ella, me resultaba tan estremecedora que empezó a minar mi firmeza interior. Una lacerante compasión, atormentadora e insoportable, comenzó poco a poco a colarse por aquel dique que yo había alzado como parapeto contra cualquier sentimiento que pudiera estorbarme. Empecé a compadecer a mis propias fuerzas espirituales materializadas, a las que yo había puesto en la ficción de un ser que, convertido en personalidad, se alzaba contra mí y buscaba nuevos caminos. Mi cerebro, mis conocimientos y experiencias sabían ya de lo imposible e insostenible de esta situación, conocían los peligros de cualquier sentimiento espontáneo que nos acecha a todos, y sin embargo caí en la tentación. Compadecí a la parte de mi yo proyectada hacia fuera que, gracias a esta debilidad mía, casi alcanzó el dominio sobre mí. Mientras mi firmeza interior empezaba a ceder y me arrastraban las dudas y los remordimientos de conciencia, el Kilkhor se detuvo y se volvió hacia mí. En la penumbra vi de nuevo en su rostro esa expresión llena de viveza, maliciosa y ansiosa. Su cuerpo se vio recorrido por una enorme corriente de fuerza, la corriente de mis propias fuerzas que se desvanecían, y de un salto estuvo de nuevo junto a mi cama.- ¡Venga… quiero tenerlo todo!- dijo en voz gutural y una profunda, ronca y temblorosa codicia-. Todas las venas se han abierto… la savia fluye… la sangre fluye… sangre y vida y calor y luz… en mi interior… Hay una corriente… allí se vacía, aquí se llena… ¡El poder!... ¡El poder!- Las palabras salían de su boca, delirantes, sin contexto. De pronto agarró la pesada lámpara de mármol que había sobre la mesilla de noche y la levantó por encima de su cabeza.Contaba ya con mi perdición y esperaba resignado a que cayera la lámpara. Ya no tenía miedo y había dejado de compadecerme. La confusión de sentimientos que se apoderaba de mí se habían calmado y sublimado. La lámpara aterrizó con un sordo ruido junto a mi rostro sobre la almohada e hirió mi frente. No era una mano fuerte la que había lanzado la lámpara, sino que había resbalado de unos dedos débiles, temblorosos e inseguros, ya que mis fuerzas habían regresado de nuevo a mí al recuperar yo el equilibrio interior. El aceite se derramó sobre mi cama. El Kilkhor empezó a tambalearse, cayó de rodillas y quedó tendido en el suelo, inmóvil. Yo encendí una vela. Yacía con el rostro hacia abajo. Le di la vuelta y me incliné sobre su corazón. Sólo latía de forma muy débil. Lo levanté y lo tumbé en la cama. De la herida de mi frente cayó una gota de sangre sobre su rostro, le se estremeció y abrió los ojos.- Gracias –dijo en voz baja y sumisa-. Gracias…Sus ojos volvieron a cerrarse.La terrible lucha me había agotado del todo. Tuve que sentarme, me temblaban las rodillas. Sobre mi cama manchada de aceite yacía el fantasma conjurado y por breve tiempo vencido.Fui a la habitación que tenía junto al laboratorio para descansar sobre la esterilla.Ahí estaba el pedestal de donde había descendido el Kilkhor. Me hice una cama con algunas mantas y me sumí en un profundo sueño.Me despertó la luz del amanecer y la certera sensación de que alguien me observaba. El pedestal ya no estaba vacío. Mis ojos, nublados de sueño, me dijeron que el Klkhor estaba sentado de nuevo inmóvil en su lugar, pero en la posición de la meditación llena de vida.“Ya vuelve a empezar –pensé agotado-. Vuelve a empezar y quién sabe cuántas veces todavía tendré que soportar esta lucha hasta que haya agotado del todo mis fuerzas.” En mi interior llamé a Saint Germain, el Mago, que me había sugerido una tarea que quizás estaba por encima de mis capacidades.Mi vista se hizo más clara y estuve a punto de gritar.En el lugar del Kilkhor se hallaba sentado Yidam.Cuando se dio cuenta que estaba despierto se levantó, se inclinó ante mí, me alargó una carta y abandonó la estancia, sin esperar una respuesta.Esta carta despertó en mí tanta esperanza y una curiosidad tan ardiente que no lo detuve. Pensé que mas tarde volvería a verlo, antes de que se marchara. Pero no volví a verlo. Abrí la carta.
El Kilkhor
(2da. parte)

Allí estaba ahora ante mí, sobre la esterilla, en la postura de meditación. Su cuerpo se caldeó con las radiaciones de mi cuerpo, eran mis fuerzas las que latían en sus venas. Pero todavía permanecía mudo e inmóvil.Llegado a este punto no quiero seguir profundizando en los tremendos detalles, extravagantes y sensacionales, de este experimento, que concentraban en sí mismos toda mi fuerza y toda mi capacidad. No quiero descender a la descripción de las desoladoras fases de agotamiento durante el último acrecentamiento de esta tensión mortal, donde la fuerza vital concentrada en un único foco quiere apartarse en secreto de su objeto. Se producen entonces misteriosos e incomprensibles cortocircuitos y la materia muerta, que empieza a germinar y a vivir en la excitación mística de la creación, en el éxtasis abstracto del engendramiento espiritual, de repente cae de nuevo en la agonía. Tampoco quiero entrar en detalles que se refieren al agotador, tenso e incesante control y vigilancia de la luz de la vida, porque estas cosas sólo pueden comprenderse después de largos estudios, después de experimentar sin interrupción. Llegado a este punto, sólo quiero poner una de las últimas, de las más grandes y peligrosas pruebas, como mojón del camino. Por lo demás, para aquellos que tengan un mayor interés por el Kilkhor, existen en la actualidad un gran número de obras tibetanas traducidas a las lenguas europeas más corrientes.Pasaron dos años hasta que los ojos del Kilkhor se llenaron de brillo y de conciencia, pero su cuerpo, sus brazos y piernas, sólo se movieron a fines del tercer año.La posición de su cabeza se había modificado.Su mirada me seguía cuando yo iba de un lado a otro por la habitación.Lo llamé. Él se levantó y me siguió con paso lento, tambaleante e inseguro.Las plantas de sus pies se deslizaban sin hacer ruido, y me siguieron por todas las salas del castillo; luego, de forma mecánica y obediente volvió conmigo a la habitación de meditación y ocupó de nuevo su lugar.Día tras día se hacía más fuerte y adquiría mayor movilidad.Ahora había llegado el momento en el que él debía conocer su nombre.- ¡Lu-giat-khan! (Ocho serpientes) – repetí innumerables veces ante sus ojos alerta -. Lu-giat-khan, el lama de la secta roja, que vive en la cumbre invisible de la montaña de Mit-hong-gat-khan…Sus labios se movieron e intentaron temblorosos pronunciar su nombre. Pero todavía no salía ningún sonido de su garganta. Mudo, pero cada vez con mayor seguridad repetía con el movimiento de los labios:- Lu-giat-khan.Luego, tras su palabra muda, surgió un ligero y susurrante sonido de su garganta, que creció hasta convertirse en un murmullo ahogado, sin fuerza:- Lu-giat-khan…la palabra hizo sonar las cuerdas vocales que habían despertado a la vida.De la boca del Kilkhor escapó un susurro ronco y sin modulación alguna.- ¡Lu-giat-khan!Después los sonidos se hicieron cada vez más y más fuertes, mientras yo lo llamaba una y otra vez, lo espoleaba y conjuraba.- ¡Lu-giat-khan! ¡Tú eres… tú eres… Lu-giat-khan !- Tú… tú eres… Lu-giat-khan - repetía él de forma mecánica, imitándome.Pero un día dijo por fín lo que yo había estado esperando:- Yo. Yo. Lu-giat-khan.Esta vez no fue ninguna repetición. La palabra había nacido en él, en su personalidad despertada a la vida.Una corriente de alegría y júbilo triunfal me traspasó.Creí haber alcanzado la perfección del poder creador.Creí que había obtenido la llave de la vida, que Isis, la Gran Madre, sostiene en su mano izquierda.Pero me había equivocado.El camino que me había conducido hasta allí tan sólo era la mitad del experimento. Y sólo Saint-Germain sabía porqué había elegido precisamente esa estatua.Se aproximaba la primavera. El paisaje en los alrededores rebosaba fuerza. Los troncos y las ramas de los árboles estaban todavía desnudos, pero la corteza brillaba y se había coloreado gracias a la tensión de la savia que ascendía por su interior. El humus gris, en apariencia muerto, empezaba a oler de un modo inquietante. Echaba vapores y fermentaba, lo que alteraba el sueño de los cuerpos jóvenes de naturaleza animal.Para entonces, mi Kilkhor rondaba solo por las salas y realizaba algunas tareas con las que yo lo había familiarizado. De noche se sentaba en mi habitación y velaba con los ojos muy abiertos mi ligero sueño.Una de esas noches –era una noche de marzo, inusualmente cálida, en la que el gran círculo brillante de la luna llena se deslizaba por el horizonte entre fragmentos de nubes del color del arco iris- salí de pronto de mi somnolencia. Me pareció como si alguien me hubiera llamado por mi nombre.- Cornelius… - Luego otra vez, más alto -: ¡Cornelius!Me incorporé.Iluminado por el débil resplandor de la luna llena, el Kilkhor estaba de pie junto a mi cama y se inclinaba sobre mí con una extraña y sorprendente expresión en el rostro.No permití que me dominara la creciente ansiedad que me invadía, el peor peligro, el peor impedimento de la práctica.Le ordené que se apartara, pero él no se movió.- Cornelius… dijo con voz apagada mientras se acercaba cada vez más, y luego, levantando la voz con una alegría extraña, marcadamente maliciosa, burlona y casi jubilosa, preguntó -: ¿Tienes miedo Cornelius?

Thursday, February 12, 2009

El Kilkhor
dedicado a Ka_
(1a. parte)
En el año 1793 Karl von Hessen me confió la educación de su hijo, Víctor Amadeus. Aquel muchacho infinitamente amable, agudo y muy dotado había cumplido ya sus catorce años. En su cuerpo joven vivía un espíritu maduro, muy vívido y penetrado de un gran interés por el ocultismo. Sediento de conocimiento y dócil, me siguió por todos los senderos de la ciencia, y ya en los primeros encuentros observé cómo los conocimientos se abrían a él como la tapa, activada por un resorte, de una caja de oro llena hasta los bordes. Mi única misión fue recordarle todo aquello que, durante un breve espacio de tiempo, se había extinguido o difuminado en su interior. En él no había ni rastro de interés por las cosas mundanas, e incluso sus pasiones estaban todas apagadas, ya que sin ningún esfuerzo, sin ninguna clase de autoengaño y sin ninguna represión enfermiza, practicaba la vida de un asceta, rechazando la tentación de la carne con fría indiferencia. Mi trabajo con él era una hermosa y fácil tarea, porque él no sólo me seguía obediente a todas partes, sino que avanzaba con facilidad y ligereza, y con su rápida intuición a menudo se me adelantaba. Pronto reconocí en él al gran misionero que tenía que venir y empecé a encausar su formación por las vías correspondientes.Poco a poco asumí también un importante campo de trabajo de la ramificada organización de la Orden, la correspondencia. Me familiaricé con la lista secreta de los miembros y entré en contacto con casi todos los países a donde podía llegar el correo.Mis experimentos y estudios personales también progresaron satisfactoriamente. Me dediqué a la recuperación de los símbolos, ya que al igual que sucede con los alquimistas, entre los místicos orientales también hay escrituras mágicas que enseñan la creación de ciertos seres simbólicos, con el fin de comprender y completar el proceso de la creación. Este misterio no es mas que una repetición de la Gran y Universal Creación; es, en contraposición al ciego sometimiento al acto de engendrar y de concebir, la concepción consciente e inmaculada del espíritu, de la idea, que con la ayuda del principio espiritual y de la voluntad crea un karma y condensa la materia a su alrededor. Esta operación la realizan los místicos orientales no por proyección sino por transmutación; con la ayuda de fuerzas espirituales crean determinados puntos básicos o diagramas: imágenes de Dios o de figuras demoníacas. Esa es su Materia Prima. Un diagrama así es lo que los tibetanos denominan Kilkhor.Saint-Germain me había confiado el despertar a la vida en uno de sus Kilkhors tibetanos, para que pudiera reconocer, liberar y dominar mis fuerzas en ese campo.En el Kilkhor se atribuye a cada cambio de color, a cada forma, a cada división del espacio y a la colocación de los objetos una significación particular. En medio del diagrama se encuentra sentada o de pie la idea de la criatura mística, y a su alrededor los símbolos que expresan su personalidad. Lo repito: esa es la Materia Prima tibetana. Para continuar con la analogía alquimista: el despertar a la vida del diagrama se corresponde con las operaciones químicas de la alquimia, y el Kilkhor despertando a la vida es en definitiva la prueba de la tercera fase, de la transmutación. Los místicos tibetanos confían al Kilkhor despertado a la vida la ejecución de algunas tareas místicas, y supervisan y juzgan de acuerdo a la ejecución, la cantidad y cualidad de los rendimientos, si la idea enraizada en el Kilkhor ha producido frutos y, si es así, con qué alcance. Como resultado de la operación, correctamente realizada, el espíritu o el demonio del Kilkhor despierta a la auténtica vida, y al hacerlo realiza sin problemas la tarea que se le ha encomendado.Mi Kilkhor era una figura de barro pintado, de tamaño natural, que el conde Saint-Germain había modelado de acuerdo con la imagen de un mago tibetano. La escultura, de un realismo absoluto, representaba a un tibetano de labios delgados y ojos rasgados, con los pómulos sobresalientes, sentado en la postura de loto. En su rostro había una peculiar, inquietante y enigmática sonrisa.Lo primero que tuve que hacer fue superar el rechazo que me inspiraba la escultura. Cuanto mas tiempo la contemplaba, cuanto más centraba mi atención en ella, tanto más antipática y repulsiva me resultaba. Sus ojos descansaban maliciosos, malintencionados y al acecho sobre mí, y cada vez tenía mayor certeza que ese mago del Tíbet sólo podía ser un nigromante, ya que concentraba en él las fuerzas de la destrucción. No comprendía qué propósito había vinculado mi maestro a esta tarea, pero no podía eludirla.Conseguí superar mi rechazo.Pasaron trece meses hasta que la rígida superficie de barro se fue transformando poco a poco en la suavidad viva de la carne, hasta que se abrieron los poros por donde mis fuerzas espirituales penetraron con esfuerzo y en profundidad en la materia muerta, para empaparla y despertarla a la vida.Después de trece meses su pecho empezó poco apoco a levantarse con el hálito de la vida. Pero aún tuvieron que pasar otras nueve semanas para que empezara a respirar con regularidad y de forma acompasada.