El Kilkhor
(6ta. parte)
(6ta. parte)
Sabía con exactitud cuánto podía perder en aquello, y la vergüenza y una profunda tristeza se apoderaban de mí cuando pensaba en las luchas que había sostenido hasta el momento y que sostendría en el futuro. Mi padre, mi madre, Saint Germain… todos quedarían decepcionados. Había suspendido el gran examen y mi destino se convertía en el tenebroso y amargo destino del novicio caído. El Kilkhor me había superado, sus emociones asesinas, su pecaminoso deseo de seguir otro camino se había cumplido. Me mataría para poder seguir viviendo y de esta manera habría perdido, junto con mi cuerpo, el fructífero entorno del castillo de Grotte, mis padres, y el recuerdo de aquel camino que había recorrido hasta el momento. Podría empezar de nuevo desde el principio, ciego, a tientas, con una ardiente inquietud en el alma. Y cada acción del Kilkhor se convertiría en responsabilidad mía. Yo había conjurado al monstruo y lo había dejado suelto por el mundo. Le había dado cuerpo, personalidad y nombre a un complejo de fuerzas ciegas que en esta Tierra, en la que es posible cualquier experiencia, sólo buscaba burdas vivencias, porque su inteligencia se había quedado en mí. Lo único que tenía era un cuerpo, lleno tan sólo de sangre y vida, una reunión elemental condensada en materia, una comunidad demoníaca llena de una ambiciosa voluntad central, dirigida a las posibilidades del nivel de los sentimientos y las emociones.Pero si lo vencía y destruía, sería todavía más terrible, porque entonces sería destruido por él. Me obligaría a hacer todo aquello que en cada instante le apeteciera, es decir, utilizaría mi cuerpo como instrumento y me empujaría a mí mismo al suicidio o a la locura, sin que por ello nuestra relación se debilitara en lo más mínimo. Desde mi alianza con el Homunculus nunca había vuelto a caer en una trampa tan terrible.Una vez que comprendí que no estaba a la altura, se apagó en mí la maligna irritabilidad. Decidí que no levantaría la mano contra él, sucediera lo que sucediera. No, eso nunca. Antes prefería ser yo la víctima.No quería prolongar la tensión de la espera infinitamente en el tiempo.Pensé que sería mejor enfrentarse a lo que tenía que suceder.No me despedí de mis padres, porque creí que no tenía derecho a ello.Me encerré con el Kilkhor en la sala de meditación.Luego tomé asiento en la esterilla. No sentía ningún miedo, sólo un gran cansancio. Él se hallaba sentado frente a mí, sobre el pedestal. Sentí que su mirada me quemaba en su rostro, pero no lo miré. Escuché en mi interior. Desde fuera no podía esperar ninguna ayuda más.En la penumbra de la habitación interior se expandió una superficie de aguas tranquilas, sin brillo, gris. Su masa estaba cerrada e inspiraba rechazo. Penetrar de forma consciente requería fuerza, pero yo ni podía ni quería desarrollar ninguna fuerza. Ni siquiera luchaba contra el sueño que me asaltaba cada vez más. El paisaje interior empezó poco a poco a oscurecerse, los perfiles se borraron con mi creciente aturdimiento y mi conciencia se deslizó sin darse cuenta como un pesado e indefenso cadáver en las aguas silenciosas.Durante este denso y plomizo adormecimiento, tuve un extraño sueño. Vi la sala de meditación desdoblada, como un espejo. La habitación propiamente dicha estaba sumida en las sombras, pero su imagen especular brillaba con una luz penetrante. Yo me hallaba sentado en la habitación en penumbras, sobre la esterilla, con la cabeza colgando sobre el pecho. A la luz de la imagen del espejo, sin embargo, me vi allí del todo erguido y mi rostro irradiaba el éxtasis de la meditación. En el pedestal de la habitación en sombras estaba entronizado el Kilkhor, pletórico de salud. Tenía los ojos muy abiertos y su ardiente mirada de tigre observaba mi figura derrotada. Sin embargo, en el pedestal de la imagen especular no había nadie. El lugar que ocupaba el Kilkhor estaba vacío, una circunstancia que me dejó boquiabierto.El Kilkhor de la habitación en sombras se levantó y se acercó al cuerpo que se adormecía en la esterilla. Adelantó el labio inferior y sus dedos se curvaron como garras. Me sentí paralizado y quise gritar para despertar a la víctima, pero de pronto el que meditaba en el espejo, se puso en movimiento, me miró y puso un dedo sobre sus labios.-¡Pero va a matarlo… lo asesinará mientras duerme! – quise gritar, pero ni el menor sonido pudo romper aquella impotente parálisis.El que meditaba sacudió despacio la cabeza y señaló el pedestal vacío.-Ahí no está… ¡pero está aquí! – grité desesperado.Mi respiración se detuvo. Los dedos del Kilkhor rodearon el cuello del que dormía sobre la esterilla en la habitación de sombras.
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