El Kilkhor
dedicado a Ka_
(1a. parte)
(1a. parte)
En el año 1793 Karl von Hessen me confió la educación de su hijo, Víctor Amadeus. Aquel muchacho infinitamente amable, agudo y muy dotado había cumplido ya sus catorce años. En su cuerpo joven vivía un espíritu maduro, muy vívido y penetrado de un gran interés por el ocultismo. Sediento de conocimiento y dócil, me siguió por todos los senderos de la ciencia, y ya en los primeros encuentros observé cómo los conocimientos se abrían a él como la tapa, activada por un resorte, de una caja de oro llena hasta los bordes. Mi única misión fue recordarle todo aquello que, durante un breve espacio de tiempo, se había extinguido o difuminado en su interior. En él no había ni rastro de interés por las cosas mundanas, e incluso sus pasiones estaban todas apagadas, ya que sin ningún esfuerzo, sin ninguna clase de autoengaño y sin ninguna represión enfermiza, practicaba la vida de un asceta, rechazando la tentación de la carne con fría indiferencia. Mi trabajo con él era una hermosa y fácil tarea, porque él no sólo me seguía obediente a todas partes, sino que avanzaba con facilidad y ligereza, y con su rápida intuición a menudo se me adelantaba. Pronto reconocí en él al gran misionero que tenía que venir y empecé a encausar su formación por las vías correspondientes.Poco a poco asumí también un importante campo de trabajo de la ramificada organización de la Orden, la correspondencia. Me familiaricé con la lista secreta de los miembros y entré en contacto con casi todos los países a donde podía llegar el correo.Mis experimentos y estudios personales también progresaron satisfactoriamente. Me dediqué a la recuperación de los símbolos, ya que al igual que sucede con los alquimistas, entre los místicos orientales también hay escrituras mágicas que enseñan la creación de ciertos seres simbólicos, con el fin de comprender y completar el proceso de la creación. Este misterio no es mas que una repetición de la Gran y Universal Creación; es, en contraposición al ciego sometimiento al acto de engendrar y de concebir, la concepción consciente e inmaculada del espíritu, de la idea, que con la ayuda del principio espiritual y de la voluntad crea un karma y condensa la materia a su alrededor. Esta operación la realizan los místicos orientales no por proyección sino por transmutación; con la ayuda de fuerzas espirituales crean determinados puntos básicos o diagramas: imágenes de Dios o de figuras demoníacas. Esa es su Materia Prima. Un diagrama así es lo que los tibetanos denominan Kilkhor.Saint-Germain me había confiado el despertar a la vida en uno de sus Kilkhors tibetanos, para que pudiera reconocer, liberar y dominar mis fuerzas en ese campo.En el Kilkhor se atribuye a cada cambio de color, a cada forma, a cada división del espacio y a la colocación de los objetos una significación particular. En medio del diagrama se encuentra sentada o de pie la idea de la criatura mística, y a su alrededor los símbolos que expresan su personalidad. Lo repito: esa es la Materia Prima tibetana. Para continuar con la analogía alquimista: el despertar a la vida del diagrama se corresponde con las operaciones químicas de la alquimia, y el Kilkhor despertando a la vida es en definitiva la prueba de la tercera fase, de la transmutación. Los místicos tibetanos confían al Kilkhor despertado a la vida la ejecución de algunas tareas místicas, y supervisan y juzgan de acuerdo a la ejecución, la cantidad y cualidad de los rendimientos, si la idea enraizada en el Kilkhor ha producido frutos y, si es así, con qué alcance. Como resultado de la operación, correctamente realizada, el espíritu o el demonio del Kilkhor despierta a la auténtica vida, y al hacerlo realiza sin problemas la tarea que se le ha encomendado.Mi Kilkhor era una figura de barro pintado, de tamaño natural, que el conde Saint-Germain había modelado de acuerdo con la imagen de un mago tibetano. La escultura, de un realismo absoluto, representaba a un tibetano de labios delgados y ojos rasgados, con los pómulos sobresalientes, sentado en la postura de loto. En su rostro había una peculiar, inquietante y enigmática sonrisa.Lo primero que tuve que hacer fue superar el rechazo que me inspiraba la escultura. Cuanto mas tiempo la contemplaba, cuanto más centraba mi atención en ella, tanto más antipática y repulsiva me resultaba. Sus ojos descansaban maliciosos, malintencionados y al acecho sobre mí, y cada vez tenía mayor certeza que ese mago del Tíbet sólo podía ser un nigromante, ya que concentraba en él las fuerzas de la destrucción. No comprendía qué propósito había vinculado mi maestro a esta tarea, pero no podía eludirla.Conseguí superar mi rechazo.Pasaron trece meses hasta que la rígida superficie de barro se fue transformando poco a poco en la suavidad viva de la carne, hasta que se abrieron los poros por donde mis fuerzas espirituales penetraron con esfuerzo y en profundidad en la materia muerta, para empaparla y despertarla a la vida.Después de trece meses su pecho empezó poco apoco a levantarse con el hálito de la vida. Pero aún tuvieron que pasar otras nueve semanas para que empezara a respirar con regularidad y de forma acompasada.
2 comments:
No he podido evitar volver a leer esta parte. Me gusta la idea de un blog dedicado a el Kilkhor, pondré buenos pensamientos en él, y en ti, como siempre.
Gracias por la dedicatoria, y por todo.
todo merecido...
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