Dedico este blog a la gran escritora Mária Szepes a quien admiro profundamente por ser una mente brillante adelantada a su época y una mujer audaz y valiente que iba contracorriente, ya que en su momento, su libro fue considerado "no-conformista" por el régimen comunista que reinaba en la época en que fue escrito (1946) y fue ordenado destruir todas sus copias, aunque, de manera clandestina se salvaron cuatro de ellas, y de la misma manera, luego se tipió y distribuyó la obra. Hoy en día es una de las novelas literarias más significativas de su género por saber poner en movimiento ascendente a la consciencia humana.
"El Kilkhor" es el nombre de uno de los interesantes capítulos de la novela alquímica de la gran escritora húngara Mária Szepes llamado: "El León Rojo", y que trata acerca de que, para subir un escalón más en la escalera hacia nuestra Iluminación, hemos de ir hacia la transmutación de las limitaciones de nuestra humanidad, haciendo frente con responsabilidad a cada una de nuestras creaciones mentales ancladas en nuestro pasado que, en forma de personas, lugares, cosas, tiempos y eventos son reflejadas en nuestra realidad. Creaciones mentales que tienen que ver con la gran ilusión llamada ego falso o -o ego alterado-, y que si buscamos conscientemente ir hacia la iluminación, hemos de erradicar con gran maestría, humildad y enfoque.
Este blog es un espacio creado para aquellos que están en el camino hacia la Iluminación y que asumen con responsabilidad las ilusiones que en el camino de su existencia, ha creado su propio ser y están dispuestos a afrontarlas responsable y conscientemente. Estará dedicado ha compartir escritos, experiencias y cualquier tipo de "mensajero" que nos muestre cómo funciona este mecanismo que tan claramente nos enseña Szepes através del personaje del Kilkhor y al cual, todos estamos expuestos, sobre todo cuando se está en el camino del autoconocimiento.

Saturday, February 14, 2009

El Kilkhor
(2da. parte)

Allí estaba ahora ante mí, sobre la esterilla, en la postura de meditación. Su cuerpo se caldeó con las radiaciones de mi cuerpo, eran mis fuerzas las que latían en sus venas. Pero todavía permanecía mudo e inmóvil.Llegado a este punto no quiero seguir profundizando en los tremendos detalles, extravagantes y sensacionales, de este experimento, que concentraban en sí mismos toda mi fuerza y toda mi capacidad. No quiero descender a la descripción de las desoladoras fases de agotamiento durante el último acrecentamiento de esta tensión mortal, donde la fuerza vital concentrada en un único foco quiere apartarse en secreto de su objeto. Se producen entonces misteriosos e incomprensibles cortocircuitos y la materia muerta, que empieza a germinar y a vivir en la excitación mística de la creación, en el éxtasis abstracto del engendramiento espiritual, de repente cae de nuevo en la agonía. Tampoco quiero entrar en detalles que se refieren al agotador, tenso e incesante control y vigilancia de la luz de la vida, porque estas cosas sólo pueden comprenderse después de largos estudios, después de experimentar sin interrupción. Llegado a este punto, sólo quiero poner una de las últimas, de las más grandes y peligrosas pruebas, como mojón del camino. Por lo demás, para aquellos que tengan un mayor interés por el Kilkhor, existen en la actualidad un gran número de obras tibetanas traducidas a las lenguas europeas más corrientes.Pasaron dos años hasta que los ojos del Kilkhor se llenaron de brillo y de conciencia, pero su cuerpo, sus brazos y piernas, sólo se movieron a fines del tercer año.La posición de su cabeza se había modificado.Su mirada me seguía cuando yo iba de un lado a otro por la habitación.Lo llamé. Él se levantó y me siguió con paso lento, tambaleante e inseguro.Las plantas de sus pies se deslizaban sin hacer ruido, y me siguieron por todas las salas del castillo; luego, de forma mecánica y obediente volvió conmigo a la habitación de meditación y ocupó de nuevo su lugar.Día tras día se hacía más fuerte y adquiría mayor movilidad.Ahora había llegado el momento en el que él debía conocer su nombre.- ¡Lu-giat-khan! (Ocho serpientes) – repetí innumerables veces ante sus ojos alerta -. Lu-giat-khan, el lama de la secta roja, que vive en la cumbre invisible de la montaña de Mit-hong-gat-khan…Sus labios se movieron e intentaron temblorosos pronunciar su nombre. Pero todavía no salía ningún sonido de su garganta. Mudo, pero cada vez con mayor seguridad repetía con el movimiento de los labios:- Lu-giat-khan.Luego, tras su palabra muda, surgió un ligero y susurrante sonido de su garganta, que creció hasta convertirse en un murmullo ahogado, sin fuerza:- Lu-giat-khan…la palabra hizo sonar las cuerdas vocales que habían despertado a la vida.De la boca del Kilkhor escapó un susurro ronco y sin modulación alguna.- ¡Lu-giat-khan!Después los sonidos se hicieron cada vez más y más fuertes, mientras yo lo llamaba una y otra vez, lo espoleaba y conjuraba.- ¡Lu-giat-khan! ¡Tú eres… tú eres… Lu-giat-khan !- Tú… tú eres… Lu-giat-khan - repetía él de forma mecánica, imitándome.Pero un día dijo por fín lo que yo había estado esperando:- Yo. Yo. Lu-giat-khan.Esta vez no fue ninguna repetición. La palabra había nacido en él, en su personalidad despertada a la vida.Una corriente de alegría y júbilo triunfal me traspasó.Creí haber alcanzado la perfección del poder creador.Creí que había obtenido la llave de la vida, que Isis, la Gran Madre, sostiene en su mano izquierda.Pero me había equivocado.El camino que me había conducido hasta allí tan sólo era la mitad del experimento. Y sólo Saint-Germain sabía porqué había elegido precisamente esa estatua.Se aproximaba la primavera. El paisaje en los alrededores rebosaba fuerza. Los troncos y las ramas de los árboles estaban todavía desnudos, pero la corteza brillaba y se había coloreado gracias a la tensión de la savia que ascendía por su interior. El humus gris, en apariencia muerto, empezaba a oler de un modo inquietante. Echaba vapores y fermentaba, lo que alteraba el sueño de los cuerpos jóvenes de naturaleza animal.Para entonces, mi Kilkhor rondaba solo por las salas y realizaba algunas tareas con las que yo lo había familiarizado. De noche se sentaba en mi habitación y velaba con los ojos muy abiertos mi ligero sueño.Una de esas noches –era una noche de marzo, inusualmente cálida, en la que el gran círculo brillante de la luna llena se deslizaba por el horizonte entre fragmentos de nubes del color del arco iris- salí de pronto de mi somnolencia. Me pareció como si alguien me hubiera llamado por mi nombre.- Cornelius… - Luego otra vez, más alto -: ¡Cornelius!Me incorporé.Iluminado por el débil resplandor de la luna llena, el Kilkhor estaba de pie junto a mi cama y se inclinaba sobre mí con una extraña y sorprendente expresión en el rostro.No permití que me dominara la creciente ansiedad que me invadía, el peor peligro, el peor impedimento de la práctica.Le ordené que se apartara, pero él no se movió.- Cornelius… dijo con voz apagada mientras se acercaba cada vez más, y luego, levantando la voz con una alegría extraña, marcadamente maliciosa, burlona y casi jubilosa, preguntó -: ¿Tienes miedo Cornelius?

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