El Kilkhor
(3a. parte)
Levantó la mano derecha y yo sentí su contacto frío, como de reptil, sobre mi pecho, allí donde mi camisa de dormir se había abierto y dejaba al descubierto la piel desnuda. Sus dedos contraídos avanzaron hacia arriba y se colocaron despacio alrededor de mi cuello. No me moví. No luché contra él, sumido en el pánico desesperado del instinto de supervivencia, ni grité pidiendo ayuda. Lo miré a los ojos. El miedo estaba muy cerca del umbral, pero yo lo expulsé con una fuerza tremenda y no permití que me arrojara a la perdición. Los dedos fríos me agarraban cada vez más fuerte, y bajo la presión de este lazo vivo sentí las pulsaciones de mis venas, tensas y apunto de estallar, y los pesados latidos de mi corazón. Sin embargo, lo miré de hito en hito.- ¡Déjame libre! – me decía ahora, pegado a mi rostro.Yo no contesté. Su presión cedió un poco, y esta vez aprecié en su voz algo parecido a un secreto ruego.- Déjame libre… déjame salir al jardín… salir bajo la luz de la luna, allí donde los animales se aparean y suspiran torturados por el placer satisfecho, donde los brotes se abren paso a través de la ruda corteza de las ramas… Déjame salir por la puerta y marcharme siguiendo el camino… cruzando pueblos… hasta llegar a la ciudad… entre las casas, entre los seres humanos, hacia los cuerpos cálidos, los olores y los colores… ¡Rompe el cordón umbilical!... Déjame paladear, experimentar, perderme por mi cuenta… Desapareceré para no volver a verte jamás, nunca más volverás a tener noticias mías… Déjame libre, y también tú vivirás…Yo no le respondí. La presión de sus dedos cedió. Sus manos me soltaron y se reincorporó. Su voz se hizo de nuevo suave, un murmullo lleno de una profunda tristeza.- ¡Engendrador ilegítimo! ¡Maligno creador… maldito seas!- Se apartó de mi cama, pero sus desconcertantes acusaciones y sus lamentables quejas seguían resonando en mis oídos-. ¿Dónde están mis amigos? Ay, ¿dónde está mi vida?¿Dónde está el calor que me había caldeado? ¿Dónde está la luz que espante mi miedo…? ¿Quién me dedica una oración? ¿Quién me da fuerza? ¿Quién me protege del tirano? ¿Quién derribará los muros de mi prisión? ¡Pobre de mí, que estoy condenado mientras él viva!Esta voz gimoteante y apagada, junto con el tembloroso dolor y la añoranza que latía en ella, me resultaba tan estremecedora que empezó a minar mi firmeza interior. Una lacerante compasión, atormentadora e insoportable, comenzó poco a poco a colarse por aquel dique que yo había alzado como parapeto contra cualquier sentimiento que pudiera estorbarme. Empecé a compadecer a mis propias fuerzas espirituales materializadas, a las que yo había puesto en la ficción de un ser que, convertido en personalidad, se alzaba contra mí y buscaba nuevos caminos. Mi cerebro, mis conocimientos y experiencias sabían ya de lo imposible e insostenible de esta situación, conocían los peligros de cualquier sentimiento espontáneo que nos acecha a todos, y sin embargo caí en la tentación. Compadecí a la parte de mi yo proyectada hacia fuera que, gracias a esta debilidad mía, casi alcanzó el dominio sobre mí. Mientras mi firmeza interior empezaba a ceder y me arrastraban las dudas y los remordimientos de conciencia, el Kilkhor se detuvo y se volvió hacia mí. En la penumbra vi de nuevo en su rostro esa expresión llena de viveza, maliciosa y ansiosa. Su cuerpo se vio recorrido por una enorme corriente de fuerza, la corriente de mis propias fuerzas que se desvanecían, y de un salto estuvo de nuevo junto a mi cama.- ¡Venga… quiero tenerlo todo!- dijo en voz gutural y una profunda, ronca y temblorosa codicia-. Todas las venas se han abierto… la savia fluye… la sangre fluye… sangre y vida y calor y luz… en mi interior… Hay una corriente… allí se vacía, aquí se llena… ¡El poder!... ¡El poder!- Las palabras salían de su boca, delirantes, sin contexto. De pronto agarró la pesada lámpara de mármol que había sobre la mesilla de noche y la levantó por encima de su cabeza.Contaba ya con mi perdición y esperaba resignado a que cayera la lámpara. Ya no tenía miedo y había dejado de compadecerme. La confusión de sentimientos que se apoderaba de mí se habían calmado y sublimado. La lámpara aterrizó con un sordo ruido junto a mi rostro sobre la almohada e hirió mi frente. No era una mano fuerte la que había lanzado la lámpara, sino que había resbalado de unos dedos débiles, temblorosos e inseguros, ya que mis fuerzas habían regresado de nuevo a mí al recuperar yo el equilibrio interior. El aceite se derramó sobre mi cama. El Kilkhor empezó a tambalearse, cayó de rodillas y quedó tendido en el suelo, inmóvil. Yo encendí una vela. Yacía con el rostro hacia abajo. Le di la vuelta y me incliné sobre su corazón. Sólo latía de forma muy débil. Lo levanté y lo tumbé en la cama. De la herida de mi frente cayó una gota de sangre sobre su rostro, le se estremeció y abrió los ojos.- Gracias –dijo en voz baja y sumisa-. Gracias…Sus ojos volvieron a cerrarse.La terrible lucha me había agotado del todo. Tuve que sentarme, me temblaban las rodillas. Sobre mi cama manchada de aceite yacía el fantasma conjurado y por breve tiempo vencido.Fui a la habitación que tenía junto al laboratorio para descansar sobre la esterilla.Ahí estaba el pedestal de donde había descendido el Kilkhor. Me hice una cama con algunas mantas y me sumí en un profundo sueño.Me despertó la luz del amanecer y la certera sensación de que alguien me observaba. El pedestal ya no estaba vacío. Mis ojos, nublados de sueño, me dijeron que el Klkhor estaba sentado de nuevo inmóvil en su lugar, pero en la posición de la meditación llena de vida.“Ya vuelve a empezar –pensé agotado-. Vuelve a empezar y quién sabe cuántas veces todavía tendré que soportar esta lucha hasta que haya agotado del todo mis fuerzas.” En mi interior llamé a Saint Germain, el Mago, que me había sugerido una tarea que quizás estaba por encima de mis capacidades.Mi vista se hizo más clara y estuve a punto de gritar.En el lugar del Kilkhor se hallaba sentado Yidam.Cuando se dio cuenta que estaba despierto se levantó, se inclinó ante mí, me alargó una carta y abandonó la estancia, sin esperar una respuesta.Esta carta despertó en mí tanta esperanza y una curiosidad tan ardiente que no lo detuve. Pensé que mas tarde volvería a verlo, antes de que se marchara. Pero no volví a verlo. Abrí la carta.
1 comment:
Ka_ dijo...
Waaaaa! ¿¿Qué pone en la carta?? Cómo lo dejás ahí?? waaaaaa!! Esperaré la continuación eh! Es casi una historia de terror, y es genial! ¿pero por qué no lo dejó libre? ¿qué hubiera pasado?
2 de febrero de 2009 11:27
Tay dijo...
Jeje...
Sí que está resultando interesante, verdad?
Y lo dejaré ahí por un día más porque ahora no puedo transcribir (waaaa).
Es, sí, como una historia de terror, pero todo tiene que ver con uno mismo y los miedos que uno es capaz de crear y hasta dónde.
El Kilkhor es la realidad moldeada de Cornelius a través de algo, que se convirtió en una personalidad. Nosotros moldeamos también en nuestra realidad a: personas, lugares, cosas, tiempos y eventos, y les damos nuestro halo de vida, (se nota más en personas) es decir lo que somos en verdad.
Ya mañana sabrás lo que decía esa carta... te recomiendo que leas el libro, es uno de los libros más geniales jamás escritos,en forma de novela se hablan muchísimas verdades. Conociéndote aunque sea un poco, sé que te gustará.
Un beso y gracias por estar atento!
2 de febrero de 2009 16:33
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